La libertad que cansa

¿Cómo una sociedad que promete libertad absoluta termina produciendo sujetos exhaustos, fragmentados y con un derecho a existir condicionado al rendimiento?

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Jaibo

1/18/20265 min read

En la actualidad, la sociedad dejo de ser (y componerse) de sujetos principalmente disciplinados, definidos por el deber y la prohibición, para Han ahora somos sujetos del rendimiento, dirigidos por la lógica del “puedo”.

El “debería” ha sido sustituido por el “puedo”. A primera vista, este cambio resulta emancipador. Sin embargo, el desplazamiento encierra una trampa que leo profunda. Cuando todo se me presenta como posible, en la exterioridad no aparecen límites, por lo que el eventual fracaso al que puedo llegar -al encontrarme uno de esos límites reales y naturales de la existencia- será considerado como un error personal.

La exigencia entonces ya no viene de fuera; nace del propio sujeto. El resultado es una forma de autoexplotación en la que uno es, al mismo tiempo, preso y carcelero.

Esta lógica de forma personal se expresa con claridad en una de las consigas que he visto más celebradas en mi tiempo: “ser 1% mejor cada día”. La pregunta que me surge entonces es inevitable, ¿cómo puede alguien ser más de un 100% de si mismo? Pues el aforismo del que surge mi duda, no contiene en sí mismo un límite establecido, por lo que se puede entender que, el ser 1% mejor cada día, es una condición que debo repetir ad infinitum.

El ideal de crecimiento constante, aplicado sin límite, transforma el desarrollo en una exigencia infinita. El sujeto ya no falla en lo que hace, pues se desarrolla en una realidad que discursivamente no tiene límites; comienza entonces a fallar en lo que es (el sujeto). El burnout aparece precisamente ahí; cuando el error deja de ser técnico y se vuelve existencial, cuando fallar empieza a sentirse como dejar de merecer existir.

Para el propio autor (Byung-Chul Han), el burnout es el estado siguiente a la depresión.

El problema no es la libertad en sí, sino la promesa vacía de una libertad sin límites y “gratuita”. El discurso contemporáneo promete emancipación, pero omite deliberadamente condiciones reales y naturales de la propia vida. Se invita al sujeto a “lograrlo todo” mientras se le niega cualquier marco que reconozca la finitud, el cansancio o la vulnerabilidad.

Cuando la promesa invariablemente fracasa -porque necesariamente debe fracasar-, la culpa recae de forma exclusivamente en el individuo, pues él mismo se “emancipó”. No hay responsabilidad compartida (ni aún por el propio individuo) ni estructura que sirva de amortiguador del golpe. Solo queda un yo agotado, señalado como insuficiente.

La eliminación de los límites no produce sujetos más libres, sino sujetos más frágiles. En el desarrollo humano, es el límite (establecido primeramente por los padres) el que cumple una función estructurante. Ofrece seguridad, delimita un espacio habitable y permite la exploración y el desarrollo del individuo que en él se encuentra. Esto es evidente en la infancia, pero sigue siendo válido en la adultez.

Una vida sin zonas de descanso, sin espacios protegidos, se vuelve invivible. Paradójicamente, es desde la zona de confort -y no contra ella- desde donde puede surgir la exploración voluntaria (la autoexploración), el riesgo elegido y el aprendizaje significativo. Convertir el confort en enemigo absoluto implica negar una dimensión básica de la biología y de la psique.

En este contexto, siguiendo con las premisas de Han, la sociedad del rendimiento no elimina el control; lo internaliza. El poder ya no se ejerce principalmente desde instituciones externas, sino como una ideología íntima. El sujeto se vigila a sí mismo, se mide, se evalúa y se juzga sin descanso.

Cada error reduce su margen de seguridad, estrecha su zona de confort y aumenta el estrés, lo que a su vez incrementa la posibilidad de nuevos errores. Así mismo, su carácter y su auto-imagen se ven dañados, con cada nuevo error, con cada límite que invariablemente la realidad le va a presentar.

Se genera así un círculo vicioso que erosiona progresivamente el “yo”. Romper este ciclo exige un gesto subversivo; la imposición consciente de límites propios. Dentro de esos límites, el derecho a existir no puede ni estará condicionado al rendimiento, o al éxito percibido del exterior.

La hiperactividad contemporánea -multitarea, ruido constante, distracción permanente- no es solo una exigencia productiva; es también huida. El silencio, la soledad y la inacción consciente se viven como amenazas porque obligan a confrontar la propia fragmentación interna.

Al vernos a nosotros mismos descubrimos que existe una parte que no es accesible a nosotros, y que sin embargo constituye parte de nuestro propio “yo”. Esta otra parte -inconsciente- no esta dentro de nuestro control y sin embargo, emerge de nosotros.

El sujeto que no puede sostenerse a sí mismo necesita doparse de estímulos. La pérdida de la capacidad contemplativa no conduce a una mayor vitalidad, sino a una forma de histeria social, en la que la actividad constante encubre una profunda incapacidad de habitarse.

A esta crisis se suma la pérdida de una narrativa compartida de la vida y de la muerte. Han citando a Nietzsche lo señala claramente que, tras la llamada “muerte de Dios”, la salud es la que ha ocupado el lugar de una nueva deidad. Ya no se vive para algo; se vive para no morir.

La muerte, despojada de su historia simbólica, se convierte en un problema técnico que debe posponerse indefinidamente. Pero cuando la muerte pierde su narrativa, la vida también pierde su sentido. No porque la vida necesite un significado trascendente obligatorio, sino porque todo proceso humano requiere un cierre para poder ser comprendido.

La certeza última de la vida es la muerte; negarla no la elimina, solo la vuelve terrorífica.

Frente a la positividad desmesurada de la sociedad del logro, Han sugiere recuperar una forma de negatividad, el cansancio que no es patológico, la inacción que no es pasividad, la contemplación que no se justifica por su utilidad. Este cansancio “bueno” no nace del agotamiento clínico, sino del uso consciente de la atención, del esfuerzo alineado con la naturaleza de cada individuo.

La contemplación no es un lujo improductivo, sino una capacidad que requiere práctica y energía. Decir “no”, en este contexto, se vuelve un acto raro, casi un privilegio, cuando debería ser una expresión elemental de la moral personal y del cuidado de sí.

La sociedad del cansancio no produce sujetos débiles, sino sujetos exhaustos de intentar ser ilimitados. Y es esta discrepancia con la realidad la causa raíz de los “padecimientos sociales” de la actualidad. Cuando aún en las tradiciones mitológicas, los dioses han requerido el conocimiento de la finitud humana no solo para entender su creación, sino para poder salvarla.

Recuperar el derecho a existir sin rendir, a descansar sin culpa y a habitar el límite como forma de protección, no es una renuncia al crecimiento, sino una condición para que la vida vuelva a ser algo más que una maquinaria en funcionamiento.

Notas para una lectura personal de “La sociedad del cansancio”

Durante mucho tiempo en la “historia social”, las patologías sociales se pensaron como resultado de una agresión externa. La enfermedad era una infección; algo que venía de fuera, atacaba el cuerpo y debía ser combatido. Byung-Chul Han propone que esa época ya ha terminado, y que el cansancio contemporáneo responde a una nueva lógica.

De acuerdo con Han ya no nos encontramos ante la infección, sino ante el infarto. El infarto no es una invasión, lo percibo como el resultado de un proceso previo; no es en sí un ataque, sino un colapso (o la muerte de). En ese sentido, el burnout no aparece como violencia externa mal gestionada, sino como una agresión interna que el propio sujeto ejerce sobre sí mismo.